Mostrando entradas con la etiqueta divagacionistas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta divagacionistas. Mostrar todas las entradas

domingo

Primeras citas

Leacadio dobla la esquina de la hoja. Cuida que el otro extremo toque el tercio derecho y repite la operación con el otro lado. Manipula la zona en punta asegurándose que será aerodinámica, pasando el índice por el borde.

En la azotea del edificio las noches frías de invierno dejan los dedos fríos pero prefiere llevar mitones en lugar de guantes para encontrar fácilmente cualquier rugosidad. el frío seca antes la tinta de las hojas y no se corre al plegar. Dobla y redobla. Revisa de cerca cada pliegue del folio. Estira el brazo para inspeccionar mejor su trabajo, guiñando los ojos.

Sonríe ante la simetría y armonía de las letras escritas en el papel al mezclarse con las formas del avión. Lo deja en la mesa de camping, bien alineado junto a los otros tres. Da dos pasos de baile frente a ellos haciendo volar las faldas de su vieja gabardina y hace una reverencia con su sombrero. Con los brazos en jarras a ambos lados de su enorme barriga echa vaho por la boca y recupera el aliento mientras contempla las pequeñas diferencias en cada una de sus creaciones. El alerón de aquel, la punta de ese otro, la forma de las alas del más alejado. Tienen buena pinta. Siente que hoy será el día. Tal vez.

Toma entre el pulgar y el índice el primero de los aviones. Bailotea entre humeantes chimeneas, rodea la mesa con las velas y la cena para dos y se agacha bajo arcos de tuberías hasta acercarse al borde norte. Con un sonido de despegue lo lanza hacia las ventanas del edificio de enfrente, lo observa hacer una pirueta, descender hacia los faros de los coches, las calles apelotonadas de desconocidos comprando, las farolas y las luces de navidad rojas, verdes y azules.

Así, tres veces más. Cada una por un extremo de la azotea. Cuatro aviones, cuatro piruetas, cuatro invitaciones, cada una ligeramente diferente a la otra.

Leacadio, como cada sábado, se sienta a la mesita redonda preparada para dos. Calienta sus dedos desnudos agitándolos ante las velas sin dejar de sonreír, sin dejar de echar vaho mientras hileras de pequeñas bombillas sobrevuelan la escena enredadas en tuberías, reflejando su luz amarilla en los cubiertos y en la campana metálica que mantiene caliente el pollo asado.

Y mira a la única puerta que sube a la azotea, esperando.

lunes

Prometí que volvería

Para divagacionistas, con el tema "Promesas" (30/11/20)

Finalmente he recordado la promesa que te hice cuando marché al frente. Soy un tipo grande, pero no soy tonto. No olvido. Tras vagar día y noche por las praderas resecas del condado, por las naves abandonadas del distrito industrial y entre los coches atascados de la Nacional II, he sentido algo en mi interior. Un hilo tirando de mí, de vuelta al hogar.

La casa sigue como la recordaba. Para los otros es idéntica al resto de viviendas edificadas en ambos lados de la calle, todas difíciles de diferenciar salvo quizás la que lleva días ardiendo al fondo de la urbanización envuelta en una columna de humo negro. Yo aún distingo los matices, aunque me ha costado un par de días reconocerlos. El buzón amarillo sobre el poste ligeramente inclinado, la estructura prefabricada de madera blanca rodeada por ese césped que tantas veces soñé cortar, la fachada de imitación victoriana que tanto te gustaba y los amplios ventanales por los que seguro entra mucha luz. Al menos por los de la segunda planta, los que no están tapiados.

La correa del arma se engancha en un pico de la valla del jardín. Quedo retenido unos segundos hasta que el peso de mi cuerpo intentando avanzar rompe la hebilla y trastabillo dos pasos. Sigo avanzando por el camino de tierra mientras oigo la ametralladora caer al suelo a mis espaldas. Empujo los juguetes desparramados entre la hierba y un muñeco de goma suelta un chiflido largo cuando lo piso con las botas militares. Me detengo frente a la puerta de entrada, golpeándola una sola vez.

Llamo más veces. Golpes lentos, secos. El dorso inferior de mi puño deja manchas pardas contra la madera blanca. Intento contarlas pero al llegar a la tercera escucho un ruido dentro de la casa y siento de nuevo la necesidad de cumplir mi promesa. La urgencia de entrar.

Otros rodean la casa. Uno ha conseguido arrancar un tablero de la ventana y oigo tu grito en el interior. Empujando al resto con mi cuerpo voluminoso llego con facilidad al ventanal y me asomo justo para verte subir las escaleras con el pequeño Manny aferrado a tu mano. Introduzco el brazo por la rendija para arrancar más tablones.

Con cada movimiento, largas tiras de carne quedan enganchadas en los cristales rotos.

sábado

Retrato de un brote en negocio hostelero

 Para divagacionistas, con el tema "Brotes" (24/10/20)

Los dos franceses sentados al fondo de la gastrobodega miraban embobados el espectáculo. Lo había empezado Constatino, el dueño, silbando mientras secaba una ensaladera tras la barra. Lo hacía con gorgoritos, agudos y graves y esas florituras sonoras que solo logran miembros de generaciones pasadas.

En la mesa cercana una comulgante, sus primos apelotonados al respaldo de la silla, usaba la App de reconocimiento musical de su nuevo móvil para tratar de identificar la melodía del silbido. El programa cada vez le proponía un artista y un anuncio diferente.

Los padres discutían el posible nombre del artista mientras rellenaban copas de ginebra con los mismos toppings multicolor que tenían sus hijos en los helados (Constantino sabía hacer un negocio rentable).

 El tío Bernardo, íntimo  de la familia presente en todos sus saraos, intentaba seguir el ritmo golpeando el rascador de pelarzas de limón contra el botellín de Schweppes. La tía lo corregía diciendo No no no a lo Winehouse y el abuelo Francisco, a quien todos creían dormido, comenzaba una capela más o menos a tono con el silbido.

Lo acompañaron las tímidas palmas de Lidia, la tía soltera. Y el primo Manel de Badajoz tratando de acertar la última palabra de  cada verso con gritos roncos y achispados desde el otro lado. El contagio fue general, quizás para callar a Manel, y los diez comensales comenzaron a golpear la mesa con palmas, copas de ginebra o cubiertos de postre tratando de seguir el ritmo contagioso de Constantino y el abuelo. Uno de ellos tomó de la pared un cachivache de labranza de adorno (también del IKEA) para usarlo como baqueta.

Los niños corrían entre las sillas, grabando la escena con móvil propio o paterno y trasteando cómo subirla al Google Classroom del cole. Las mesas restantes, vecinos del pueblo la mayoría, jaleaban a la familia ondeando servilletas Nörstrom de estilo español. Un par se levantaron a bailar pegados, otro zapateaba con poco arte y mucho ruido. Todos se mantenían, eso sí, en el perímetro de su propia mesa. El dueño hacia ya un rato que se había vuelto a la cocina, silbando su sonata inventada.

Bajo aquel caos cada cual bailaba a su ritmo, contagiado como más le convenía por el brote musical de Constantino. Y en las sombras del fondo, alejados por una distancia que consideraban de seguridad y resistiendo las ganas de seguir el ritmo con el pie, los franceses se daban la mano sobre el mantelito de cuadros de IKEA, olvidado el cocido típico de la zona y con la boca a medio camino entre sonrisa y mueca.

lunes

La oportunidad de escalar tu propia montaña

 Para Divagacionistas, bajo el reto "Picos"

–No puedo más.

Se detuvo mirando adelante y estiró su espalda de sesentón. Crujieron varias vértebras. El estrecho sendero seguía subiendo, dejando a la derecha una posible caída por una ladera ligeramente inclinada, cubierta de dolorosos matorrales y rocas. Del otro lado enormes peñascos precariamente apoyados entre sí sobresalían amenazadores varios metros sobre su cabeza.

Al pie de uno de ellos había una losa plana resguardada del sol del mediodía. Tomó aire y agarrándose el costado avanzó los últimos metros para dejar caer su culo sobre ella. Movió los brazos hasta descolgarse la mochila, notando ronchas de sudor en las axilas.

–“Experiencias vitales”, una mierda. –Aquel camino empinado tenía menos de un metro de ancho y el del bar le había dicho que estrechaba más antes de la cima–. Nadie podría llegar aquí.

Se quitó la gorra para darse crema en la calva algo enrojecida. Por donde había venido aparecieron tres niños de unos diez años marchando a buen paso. Escondió la crema y se caló la gorra. Pasaron frente a él murmurando un saludo, con mochilas tan grandes como ellos y botas de montaña pisando peligrosamente cerca del borde.

Al rato pasaron cuatro adultos, también a buen paso y con enormes mochilas. Detuvieron su conversación, dijeron buenos días y siguieron adelante desapareciendo en el siguiente giro. El último de ellos se detuvo frente a él.

–¿Sube solo? ¿Sin pareja? –El anciano respondió con un gruñido. Un pájaro chilló en el cielo–. Escuche, no quiero entrometerme pero Pico Saramago no lo sube mucha gente de su…

–¿Edad?

–Hmmm… Iba a decir experiencia.

–¿Experiencia? Curiosa elección. –Señaló el diminuto pin de regalo tras cuarenta años encerrado en una garita, haciendo poco más que ojear revistas de viajes–. Precisamente estoy en viaje de jubilación, un guonderbox de la comunidad de vecinos donde trabajaba.

–¿Solo?

–¿Otra vez? Nunca me casé –Mirando sus dedos artríticos en los que tantas veces soñó poner un anillo.

–No, no, me refería a… Escuche jefe, usted ya es… veterano. Seguro que en la… universidad de la vida ha escalado picos más altos que este ¿eh?  –Amagó poner una mano en su hombro, sin hacerlo– Ehm… ¿Ha hecho el  Carrirón? Una pista verde. Vistas preciosas, menos subida y… y…

Silencio. Más arriba la familia llamaba al joven. Este se encogió de hombros medio disculpándose y aliviado salió pitando sendero arriba.

El conserje jubilado, solo de nuevo, dio unos minutos de ventaja al joven entrometido y retomó la subida.


domingo

El ingenioso hidalgo de las bestias

Para divagacionistas, con el tema "Locura"

La culpa la tuvieron treinta horas seguidas jugando a oscuras al MonsterMaster, seguro.
Al principio veía siluetas fosforitas en todas partes, como impresas sobre mi retina. Se superponían y si cerraba los ojos seguían ahí. Tras dos días me había acostumbrado y no las notaba. Pero al mirar una superficie clara, aquellas formas me recordaban mucho a un alargado Jukaypon o a un sinuoso Chiwi acuático.
Cada día tenían más detalle. Mucho más que el videojuego. Perdí el interés por leer, escuchar la radio o ver series. Moví el ventilador y giré el sofá para que mirase la pared vacía en lugar de la televisión. Pasaba el día tirado en camiseta y calzoncillos, sin pensar, frente a aquella superficie color crema. Las siluetas no siempre eran iguales y quedándote muy quieto, parecían olvidarse de ti y deslizarse despacito.
A la semana me rascaba la tripa y me pareció tener más pelo del normal. Admito estar gordo, pero no peludo. Baje la mirada perezosamente para descubrir que estaba rascando el lomo tupido de un Mammalito, su doble corazón latiendo bajo el pelaje atigrado. Seguí mirando la pared.
En dos días me convertí en cazador experto. Plagaban la casa: Tres feos Tuktuks en el congelador, el trasero de un Krippchard tras la encimera… No se me escapaba uno. Y no estaba loco. Los esquizofrénicos suelen ser menores de treinta y ven bichos y cosas horribles, lo dice Internet.
Mi madre creía que los videojuegos te hacían idiota y mírame: Como Spiderman, pero en gamer. Mi araña radioactiva fueron treinta horas de MonsterMaster. Aunque bueno, realmente no es un SUPERpoder. Es bastante mierder. Así que decidí usarlo para mi beneficio y no para salvar el mundo ni nada de eso.
Empecé a lanzar aquellas criaturas contra mis enemigos. Ellos no podían verlas. Las metía en las cajas de pizza de clientes maleducados, susurrándoles posibles travesuras que podían hacerles. O les murmuraba bajito que atacasen a las viejas del tercero cuando compartíamos ascensor. Logré que todas aquellas personas tóxicas se alejaran de mí. La picadura de un Abefimon no mata pero debe ser temible si tienes ochenta años.
Creo que tengo resuelta la vida si juego bien mis cartas. Y si algún día pierdo mis poderes, tengo un plan B: Le contaré a mi psicólogo que todavía mantengo este don, para que me crea loco y me ingrese de por vida en un psiquiátrico. A pensión completa.

lunes

Justicia social


-¿Qué vas a poner? –dijo Carlos mirando la explanada desierta más allá de los barrotes de la ventana, disfrutando del sol de la mañana en su cara.

-Algo sobre el medioambiente –Román no levantó la vista del papel mientras escribía lentamente, mordiéndose la punta de la lengua-. Lleva mucho sin salir nadie usando eso.

-Entre los finalistas de ayer había uno parecido –Tamborileó los primeros compases de “We will rock you” con su lápiz en las barras metálicas antes de sentarse a la mesa junto a su compañero.- Algo sobre la paz mundial.

-No es lo mismo. –Siguió escribiendo, concentrado-. Además al final ganó uno hablando del arrepentimiento… ¡Usando lettering! Vaya truco sucio, deberían valorar solo contenido y no la estética.

Carlos miró de reojo el texto de su compañero. Pese a las quejas, su caligrafía había mejorado mucho últimamente. Durante un par de minutos en la celda solo se escuchó el lápiz y la goma de borrar de Román rascando con furia el papel.

-Te vas a cargar la cuartilla y no te pienso dar la mía.

Su compañero parecía no haberle oído, pero borró más despacio. Mejor eso que pelearse por la hoja restante. Había pasado en otras celdas, aunque nadie llegaba nunca a las manos. La cárcel ya no era lo de antes, con todos ocupados pensando qué escribir en su papeleta. Finalmente Carlos decidió ponerse también a la faena. No había mucho que hacer hasta salir al patio.

Pasaron los minutos. El sol avanzó el medio metro de suelo que separaba el retrete de la mesa. Entre celdas pasó el rumor de que el vasco del Ala Saramago, que había quedado finalista el martes, tenía una muy buena.

-Perdona –Román se inclinó para ver mejor lo que estaba escribiendo Carlos. Puso su grueso dedo índice sobre un párrafo de siete líneas- ¿No te estás pasando del límite?

-Prefiero escribir mucho y luego recortar a ciento cuarenta caracteres. Si queda goma.

Por la tarde el funcionario de prisiones recogió sus papeletas y las del resto de reclusos del Ala Cervantes para enviarlas a La Cadena. A las ocho, puntuales como todos los días, encendieron los cuatro televisores colgados en el techo, cada uno mirando en una dirección diferente. Las parejas de internos se colgaron de las rejas que daban al pasillo, moviendo sus cabezas rapadas al ritmo del archiconocido single del concurso “Salva a tu preso favorito”.

Cuando faltan las palabras


Para Divagacionistas, bajo el tema "Escasez" (24/02/20)

Sonia siguió mirando la tele mientras al fondo vibraba el móvil contra la mesa. Trrr... Trrr... Trrr... En pantalla unos alumnos de primaria tuneaban por sorpresa el vehículo familiar con ayuda de expertos patrocinadores del sector de la automoción. La música swing del concurso no ocultaba la llamada.

Trrr... Trrr...

Siete tonos. Con cada uno el teléfono avanzaba unos milímetros hacia el borde de la mesa. Los niños comenzaban la prueba del soplete y anunciaron que "Volvían en siete minutos". Con un bufido Sonia se levantó y agarró el aparato cuando  ya asomaba un tercio sobre el vacío.

Miró el número en pantalla. Era él, como todas las noches cuando salía de trabajar. Apretó el cacharro deseando muy fuerte que dejase de sonar. El aparato emitió un zumbido y se detuvo.

Enarcando una ceja miró la pantalla LED y el texto "llamada perdida", respiró y en ese momento desde el recibidor el teléfono fijo soltó tres tonos agudos que casi la hicieron tirar el móvil.

—Joder —Arrastró los pies hasta llegar al fijo— Joderjoderjoderjoder...

Dudó un segundo. Mejor hacerlo rápido. Estiró los labios forzando una sonrisa y descolgó.

—¿Si?

—¡Hola amor! ¿Cómo va ese martes? ¡Nos vemos en nada!

—...

—¿Sonia? Tengo muchísimas cosas que contarte hoy... ¡Las he apuntado y todo! ¡Lo vamos a petar!

—Cariño, tengo... tengo algo que decirte. Hoy... No tengo muchas ganas de hablar.
—Pero amor, si no hablamos... ¿Qué nos va a salir en SocialBook? ¿Qué dirán nuestros seguidores? Recuerda que tu madre solo me da "Like" si superamos el ratio de mil palabras y diez temas etiquetados como "Familia"...
—Es que... Ya... ya he cubierto mi cupo.
—Bueno, no pasa nada amor. ¡Más puntos para ti! ¡Jajajajaja!. Podemos hablar de todas formas ¿No? Puedo cubrir el cupo yo: Inicio el contador y tu escuchas... O te voy preguntando ¿Vale?.
—Cari... Luis... No tengo ganas, de veras. Me duele la cabeza y me voy a dormir.
— Sonia... Estoy mirando tus redes y no veo que hayas hablado con nadie... ¿Con quién has cubierto tu cupo? ¿ Sonia? ¡¿No me digas que estás hablando con gente fuera de redes?!
Colgó el teléfono y lo silenció. Los niños y el swing pegadizo acababan de volver a la tele. Se sentó en el sofá justo cuando la rubita (Eneko, 11 años) manoseaba la ruleta del soplete con ayuda del hombre con el mono repleto de logotipos brillantes.

Portadores

(Para @divagacionistas, bajo el tema "Enfermedad")

Tras tres días de pruebas médicas la enfermera comunicó a Enzo que no era apto para llevar la mochila amarilla. 

 —Y ahora... ¿Qué hago? —El joven napolitano entregó la tarjeta de visita sin levantarse del sillón. No tenía fuerzas. 

—Buscar otro trabajo cariño, como la mayoría de italianos 

—Quería ser Portador. Ayudar a la ciencia. Servir al país. —Miró por la cristalera la explanada y los lujosos unifamiliares. Varios Portadores recibían instrucciones del personal, paseaban o leían bajo el sol. Siempre con la mochila encima. Siempre conectados a ella.  

—Vamos, vamos. No lo idealices. —Señaló el cielo—. Es simulado ¿Sabes? Todo el Campus está bajo una cúpula. Vivimos encerrados. Por seguridad. Nos pagan para que todo quede dentro. 

—¿Cuándo podré repetir? 

—Ehmmm... —Miró su tablet—. Tres años, salvo incidencia médica. Piensa que en Shine garantizamos Portadores limpios, que solo gestionen enfermedades de nuestros clientes. 

—Creía estar sano. Me hice un montón de pruebas por mi cuenta. 

—Todos lo hacéis, pero no todo es físico ¿Sabes? —Sonrió tocándose la sien—. También psicológico. Puedes pasar la vida disfrutando del Campus, asignado a un cliente sanísimo. O puedes firmar y en dos horas transferirte a la mochila un cáncer que te tenga en el área médica tres días de cada cuatro. 

—¿Podría al menos decirme la causa del rechazo? 

—Lo siento cariño, imposible. —Señaló el enorme logo de neón amarillo con forma de sol—. Política de Shine

Con la fluidez de quien repite muchas veces el gesto, metió cinco billetes de diez en el bolsillo del joven. 

—¿Quieres un consejo? —Continuó, ayudándole a levantarse—. Busca un sitio con mucha gente, come tu plato favorito. Socializa. Distráete. 

La enfermera mantuvo una sonrisa que nunca llegaba a tocar sus ojos. Enzo desvió la mirada y, encorvado, se dirigió hacia las puertas de salida. Fuera llovía. Antes cerrar el informe y pasar al siguiente candidato la mujer categorizó a Enzo en su tablet como "PPC". 

—¿Por fin otro PPC?—dijo otra enfermera mirando la pantalla por encima del hombro. 

—Las pruebas de este sacaron al menos tres cepas bastante contagiosas. 

—¿Las tres suyas... o nuestras? 

Se miraron, alzaron la vista al logotipo de Shine y cambiaron de tema. 

—Como no soltemos más Potenciales Pacientes Cero entre la población, va a bajar el índice de Necesidad de Protección Sanitaria y los de marketing nos van a crujir. 

—Buf... ¿Quieres un café? 

—Claro.

domingo

Un nuevo comienzo


(Para @divagacionistas, bajo el tema "Maestros")

La explanada bullía con las conversaciones cruzadas de cientos de personas esperando a Pérez. Antes del Incidente el lugar había sido el parque más grande de la ciudad. Tres meses después de aquello acogía niños silenciosos aferrados a sus juguetes favoritos, ancianos harapientos, adultos ojerosos y jóvenes todavía desorientados por haber perdido para siempre su conexión a internet. Había perros, incluso dos caballos. Los gatos habían huido.

Los asistentes rodeaban una tarima y una pequeña carpa militar que los Seguidores de Pérez habían montado la noche anterior mientras corrían la voz del evento. El Profeta, decían, ya había visitado siete ciudades con gran éxito de asistencia entre la mermada población superviviente.

Pérez salió al escenario desde el interior de la carpa y las conversaciones se silenciaron. Podía haberse afeitado y lavado pero no lo hizo para conectar mejor con la gente. El único detalle que mantenía cabezonamente en sus exposiciones era el traje gris que usaba antes del Incidente. Creía que le daba suerte. 

Paseó su delgado cuerpo a uno y otro extremo del escenario, apoyándose en su bastón dedicando tiempo a observar la multitud. No solo los que estaban cerca, entre los oxidados columpios y las estructuras metálicas, también los que trataban de oír desde las enormes avenidas que desembocaban en la explanada, a casi cien metros de distancia. El lugar estaba bien elegido: Los rascacielos que les rodeaban, aunque derruidos, harían rebotar su voz con facilidad.

Pérez habló. Habló, habló y habló. Durante dos días. Deteniéndose solo para beber. Enseñó a los hombres a disfrutar de no tener techo, a bailar bajo la lluvia. A correr descalzos por las aceras, ser felices con muy poco y descubrir los usos de cualquier cacharro tirado a la basura, por inútil que pareciese. A comer lo imprescindible. A sobrevivir en un mundo sin un sitio al que llamar hogar.

Pérez notó oleadas de calor emanando de la audiencia. "¡Maestro!" exclamaban con reverencia, "¡Maestro!". Tenía su confianza plena. Se alimentó con cada grito de apoyo, con cada mirada llena de fe en sus palabras. 

No sentía necesidad de comer o dormir porque sabía que era el Elegido para llevar aquellos restos de humanidad a un nuevo resurgir. Antes del Incidente se había preparado para impartir aquellas enseñanzas: Enseñar a los hombres a vivir con lo mínimo, a sobrevivir en las calles... 

El Banco había sido una excelente escuela.

El complejo de Jonás

Lucía despierta en el tercer vagón de la línea Circular del metro, destino “Ciudad Universitaria”. Abre los ojos despacio, sin sensación de haberse dormido. Quizás un parpadeo largo, acunada por el tchumtchum, tchumtchum del vehículo avanzando de madrugada por el túnel. Comprueba aliviada que el libro de Historia de las Civilizaciones Antiguas II no se ha caído del regazo y lo abre para un último repaso antes del examen. Ojea las seis páginas del índice. Cuatrocientas ochenta páginas restantes. Lo vuelve a cerrar y mira alrededor.

La mayoría de pasajeros van de pié, agarrados a las barras del techo, balanceándose al ritmo del tren. Hablando por sus airpods. Casi equidistantes, tan bien repartidos a izquierda y derecha que parecen columnas vivientes de un templo griego; Cariátides murmurando palabras solo comprensibles por un Oráculo, quizás el mitológico revisor que nadie ha visto jamás…

Lucía promete no volver a meterse un atracón de estudiar jamás. Ha sido la última noche sin dormir. Desde ahora todos los días un poquito, como dice su madre.

Buf, qué pereza.

Tchumtchum, tchumtchum…

Frente a ella hay un joven con la camiseta rojo estridente de algún equipo de futbol y unos enormes auriculares inalámbricos verdes colgándole del cuello. Puede escuchar la música que sale por ellos en un bucle reggaetonero de tonos graves, pero no identifica la canción.

Lucía mira de reojo a la señora sentada junto a ella. Embutida en un vestido azul con brillitos de una talla menor a la que debería y desprendiendo olor a tabaco mientras juega a hacer tríos de frutas en su móvil. Manzana, manzana, manzana. Un estallido de fuegos artificiales llena la pantalla. Tiene la mirada triste y aburrida, aunque su teléfono le dice que lo está haciendo “Perfect!”.

El chico de rojo está bueno.

La voz metálica de megafonía anuncia la siguiente parada. No se entiende por el ruido del vagón al avanzar, pero ella sabe que es “Vicente Aleixandre”. Una más y se baja.

Lucía  se repite que le diría algo al chico de rojo, pero no puede. No es pereza, simplemente que seguro que se ponen a hablar y se pierda el examen en el que tanto esfuerzo ha puesto.

Dindondin. “Próxima estación: Ciudad Universitaria”. Dindondin.

Lucía se levanta. Aprieta el libro contra su pecho con una mano y con la otra se da un tironcillo en la falda. Echa una última mirada al chico. No es pereza. Ni tampoco miedo.

Eso último seguro, se repite, y sale corriendo del vagón.

De tal palo, tal astilla


(Para @divagacionistas, bajo el tema "Desconectar")

Los sábados de verano mi madre me llevaba a las salas de cine del único centro comercial de la ciudad. Recuerdo el cambio de temperatura al entrar, la oscuridad entre butacas rojas. Su cara iluminada por el móvil, controlando el tiempo que quedaba de película.

Media hora antes del final, me daba un empujoncito con el codo y salíamos de la sala con la excusa de ir al baño.

-Corre, corre - susurraba mientras atravesábamos el pasillo enmoquetado, cogidas de la mano, para meternos en cualquier otro estreno que estuviese a punto de comenzar.  Yo reía bajito, disfrutando la aventura. Los jóvenes empleados, si nos veían alguna vez, nos ignoraban.

En el fondo a ninguna nos importaba la película. Aquí nos olvidamos de todo, me decía ella mientras cenábamos kebab e inventábamos los finales que no habíamos visto.

Desde su funeral no volví a pisar aquellos cines. Al menos hasta estallar la guerra. No fue una decisión consciente, simplemente los sábados siempre llevaba trabajo de la ofi a casa. Trataba de desconectar. Olvidarme de todo, diría ella.

Las tropas entraron a finales de octubre. Recuerdo enormes tanques aplastando las aceras y pequeños arbolillos del bulevar del paseo. Los gritos del levantamiento popular. El estruendo de los cañones derrumbando edificios. Nunca tuve claro qué defendían unos y otros. Ni a qué bando se suponía que pertenecía yo.

Por eso me escondí entre las ruinas de mi casa, observando todo como si fuese una película.

Solo salí cuando vi a aquellos tres niños envueltos en harapos, avanzando desorientados por la calle vacía. Con los bracitos cubiertos de polvo y hollín. Los ojos húmedos, ya sin lágrimas. Mirando al frente, con los labios prietos. El mayor no superaba los trece años.

-Corred, corred - les susurré desde mi escondite haciendo gestos para que se acercaran. Los cogí de la mano y los llevé al único sitio en que sentía que estaríamos seguros.

Durante tres días nos refugiamos entre filas de butacas rojas ennegrecidas por el fuego, con los restos mordidos de la enorme pantalla del cine parapetándonos del viento. Racionando la linterna del móvil para vernos las caras en la oscuridad de la noche. Contándoles historias inventadas para ahuyentar el hambre. Olvidándonos de todo. Hasta que la ONU entró en la ciudad, siguiendo los surcos que ya habían hecho los primeros invasores.

Si los soldados nos vieron alguna vez, nos ignoraron.

lunes

¡Elijo lo tuyo!


(Para @divagacionistas, bajo el tema "Elecciones")

Por quinientos años la remota ciudad de Mtumbia había ignorado la veintena de chozas de barro de la cercana tribu K'Chac. Justo hasta el año que el Doctor Nabami regresó a pasar su jubilación en su patria natal.

Por casualidad, el anciano antropólogo fue el primero en constatar que los K'Chac  nacían sin huellas dactilares. Tras varios años, descubrió sorprendido que en aquellos dedos crecían surcos conforme vivían experiencias especialmente emocionantes.

Como los árboles, podías leer la intensidad de vida K'Chac simplemente mirando sus yemas.

El origen del extraño fenómeno parecía ser el Meundero, un fruto tan amargo y tóxico que solo tras consumirse pequeñas cantidades durante varias generaciones generaba este curioso efecto.

Al extenderse la noticia, Mtumbia recibió millones de ofertas para exportar el Meundero, cientos de peticiones para estudiar los K'Chac.

Rechazaron todas.

Al morir el doctor, había presenciado un sencillo ritual donde los K'Chac duplicaban sus huellas dactilares en otros. Podían traspasar sus experiencias vitales.

No difundir el poder K'Chac se convirtió en una responsabilidad nacional mtumbi. Parte de la identidad nacional. No se hablaba de ello a los extranjeros. El gobierno valló las chozas, convirtiéndolas en reserva nacional de acceso controlado.

Solo los mtumbi podían visitar a los K'Chac. Era casi obligación periódica participar en los ritos de transmisión de experiencias, y era más seguro que cazar tú mismo un león o escalar el monte Ngo con tus manos para ver anochecer.

Además así uno tenía más tiempo para subir en redes su última y emocionante aventura.

La lejana Mtumbia se volvió cada vez más inaccesible. La mayoría de Mtumbi dejó sus hogares para vivir más cerca de los K'Chac. Los turistas querían viajar pero el único acceso era por avión y los trabajadores no iban al aeropuerto. Las franquicias querían instalarse y no encontraban socios mtumbi disponibles. El gobierno no respondía. Pero si consultabas las redes sociales de la población, todos estaban ocupadísimos saltando desde la cascada "como una K'Chac" o corriendo por la sabana "como un K'Chac".

O follando "como un K'Chac", una de las experiencias más demandadas.

Como los K'Chac tenían roles muy definidos, los dedos de algunos eran mucho más solicitados que otros.

La criminalidad mtumbi cayó al cero por ciento. También la natalidad.

En dos generaciones, Mtumbia quedó desierta. Muchos adoptaron la ropa y costumbres austeras K'Chac y se casaron con ellos.

La mitad de los K'Chac, los más enriquecidos con el trasvase de experiencias, se mudo a Mtumbia. Igual que ya habían hecho sus antepasados quinientos años atrás.

domingo

La esperanza de un purgatorio


Desde que se lo propuse, el viejo esquiva mi mirada. No me estrechó la mano, claro. Si hubiésemos cerrado el trato yo no estaría aquí, y él no estaría donde siempre, frente a la estación, con su garra enguantada en lana aferrando el brick de vino barato.

Quince años mirando los trenes. Y esquivando mis ojos. De los habituales, solo quedamos él y yo.

Era mi última esperanza. El de la panadería y el del taller también dijeron que no antes que él. Joder, si hasta pensaban que era broma. De esos sí sentía sus ojos clavados en mi nuca al cruzar una y otra vez delante de sus escaparates abordando a turistas, jóvenes parejas o quién se pusiera por delante. Nunca volvieron a dirigirme la palabra. Cuando cinco años después llegó la crisis al barrio fueron de los muchos locales que echaron la persiana para no volver a abrir.

He visto como los edificios modernistas, orgullo de la ciudad hace cincuenta años, se convertían en cascarones chapados sobre los que amontonar viejos pisos con aún más viejos inquilinos. Como a las sombras de ss soportales han venido a vivir larguiruchos de traje. Enroscados a los porteros automáticos. Con largos dedos desparramados por las botoneras. Esperando que la palme algún vecino. Quieren cerrar sus propios acuerdos.

A estos no me atrevo a ofrecerles mi trato.

Ahora solo intento convencer a los escasos viandantes que pasan con destino a cualquier otro lugar. Nunca a habituales. Ofrezco vida eterna como quien vende cupones, como quien pide un minutito contra el cáncer. Tan sencillo como cambiarnos el puesto. Tan fácil como estrecharnos la mano con sinceridad. Nadie lo notará. Nadie recordará el pasado. Lo sé porque en mis tiempos de empresario de éxito, aburrido de la vida conyugal, yo mismo estreché una mano. En esta misma calle.

Luego, con paciencia, crearás tu pequeño Edén. Serás el puto amo de estos trescientos metros de largo y cinco pisos de altura. Cuestión de dedicación, tío. Un plan perfecto. Eterno.

Ciento cuarenta y tres años en esta acera, sin poder salir. Aparezco en la puerta que recibe el primer rayo de sol. Desaparezco cuando la luz se esfuma de la última baldosa. Nunca cuento dónde paso el tiempo que no estoy en la calle. De saberlo, quizás no firmarías el trato.

Aunque viendo en lo que se está convirtiendo el barrio, a veces ansío el momento en que el sol desaparece.

lunes

Rodar y rodar


—Piedras... ¿The movie? —El señor Andoain enarcó su ceja derecha, mirando a Gómez-Vilaseca desde la mesa abarrotada de exámenes finales.

—Es para atraer al público americano, profesor —la ceja se alzó un par de milímetros más —. Se trata de una familia de cantos rodados en un pedregal de Los Monegros. Para la animación usaremos un nuevo software de...

La ceja desapareció bajo el flequillo del peluquín.

—Señor... Gómez-Vilaseca. ¿Por dónde empezar? La narrativa de su guion no incluye varios elementos del modelo actancial, no es fiel a Polti, ni tiene los puntos de giro ubicados correctamente. Solo por la posibilidad de rodar esta... este proyecto... De Platón a McKee, imagino que todos se están revolviendo en su tumba.

-Pero señor, Robert McKee está vivo...

El señor Andoain le miró en silencio. Durante el discurso del profesor la ceja había regresado lentamente a su sitio y el joven alumno juraría que ahora esta se arqueaba ligeramente, señalándole la salida del despacho. No sabía cómo lo hacía.

Sus padres no habían necesitado leer la obra para asegurarle que él podía conseguir lo que quisiera (cielo) y que sería un éxito (cariño). Durante meses el aspirante a cineasta peleó con productores para conseguir financiación. Buscó apoyo en blogs especializados. Convenció a un equipo de rodaje con equipo propio y disponibilidad de vehículo. 

Y sobre todo logró alquilar el famoso software americano de animación.

"Piedras: The Movie" hizo feliz a mucha gente: El profesor Andoain comprobó que la crítica la despedazaba por no ajustarse al canon cinematográfico clásico. Los padres del creador fardaban en el café y la partida de mus, desdoblando folios impresos con artículos de blog sobre la película.

La película recibió una jugosa subvención gubernamental por "uso de nuevas tecnologías aplicadas al audiovisual". En base al concepto, argumentó Producción, la cuantía claramente no podía destinarse a remunerar personas. Como todos los técnicos tenían ya equipo propio, los productores se vieron obligados a invertir el dinero en dotaciones para sus productoras y pagar la empresa americana de software, que también quedó encantada.

El público enloqueció, el boca a boca funcionó espectacularmente, y acudieron en masa a descargarla ilegalmente en sus casas. Al cerrar la taquilla solo perdió setenta y tres mil euros.

Tres meses después del estreno Gómez-Vilaseca metió varios papelitos con opciones en una bolsa, sacó uno de ellos, y pidiendo un préstamo al banco comenzó la carrera de Ingeniería.

Volver a París


(Para @divagacionistas, bajo el tema "Reencuentros")

Alphonse devolvió su llave en recepción, mirando a la recepcionista de arriba abajo. Uniforme verde inmaculado. "Le Meurice" en oro sobre la pechera. Rasgos asiáticos. "Lyu", decía su placa.

-Disfrute de su setenta cumpleaños, señor Guillaud.

Agarró su maletín y gruñó alejándose, cojeando ligeramente de la pierna izquierda. El empleado de la puerta sonrió mientras abría. Alphonse iba a esquivar su mirada cuando reparó en el nombre de la placa.

-¿Maurice? -leyó-. ¿Nacido aquí?

-Realmente no, señor -respondió en perfecto francés y amable sonrisa-. Realmente es Maurycy. Familia polaca.

Con un bufido la mano artrítica de Alphonse golpeó el brazo del joven al intentar ayudarle con los escalones. Superó la tortura solo. En la calle hacía un frío intenso, húmedo. Miró por última vez al hotel, recordando cuando había trabajado allí. Otra década, bajo otro nombre. La silenciosa eficiencia alemana. El miedo. El sacrificio. Y en lo que se había convertido ahora aquel lugar.

Con un último gruñido, avanzó por la ribera hacia la Torre Eiffel, arrebujado en su gabardina gris. Miró con labios apretados las luces navideñas. "Happy 1983", decían. Cambió de acera esquivando unos africanos que vendían tallas y CDs. En el Puente de Jena desvió la mirada del marroquí que ofrecía crepes a gritos desde una caravana, al otro lado de la calle.

Al andar mucho el dolor de la pierna se hacía insufrible. Traía recuerdos del disparo que había provocado aquella cojera hacía treinta años. Se detuvo aferrando el maletín con fuerza hasta que las punzadas en las articulaciones de la mano ahogaron el otro pinchazo. Mejor este nuevo dolor, uno que Alphonse controlaba.

Lanzó un bufido que salió como vaho al encapotado cielo parisino. Renqueante, cruzó el rio cerrando oídos al caos de acentos desconocidos. Pasó dos bancos con jóvenes besándose con pasión y finalmente encontró uno vacío junto a la caseta de información, a pocos metros del pilar oeste de la Torre.

Puso el maletín en su regazo.

Miró alrededor con gesto de disgusto.

Sin querer cruzó la mirada con uno de los militares de ronda. Alphonse desvió la mirada hacia el interior de su maletín, quizás demasiado rápido. Por el rabillo del ojo vio al hombre acercarse. Volvió a levantar la vista y le miró directo a los ojos.

-París para los parisinos.

Deslizó la mano artrítica hacia el interior del maletín mientras el militar echaba a correr hacía él.

Lemniscata


(Para @divagacionistas, bajo el tema "Horizontes")

"¡Vida!" exclamó Adrián con alegría contenida levantando su vista del monitor.

Por aquel encuentro había sacrificado millones de cosas a nivel personal y profesional. Sometido a una intensidad emocional que casi le hizo desmayarse, su vida pasó en nanosegundos ante sus ojos.

Su mente de físico clasificó las escenas, haciéndolas  girar como un Prezi hiperactivo: Su infancia en la urbanización. Alicia, su único amor. En aquel tiempo de fogosa juventud los sueños de ambos había sido incompatibles con una vida juntos. Él quería estudiar los espacios  ocultos más allá de los átomos. Ella quería ser la  primera mujer en traspasar las fronteras del espacio conocido.

Ambos estudiaron duro, cada uno con la vista fija en horizontes opuestos, sus coordenadas separándose, encerrando sus pasiones en cajas de Schrödinger que nunca dejaron claro lo que uno sentía por el otro.

Mientras buceaba entre axiones y taquiones encontró tiempo para ver en Internet el lanzamiento al espacio de la primera nave sublumínica con siete tripulantes a bordo. Seis hombres. Una mujer. Alicia, volando hacia su sueño gracias irónicamente a un letargo criogénico.

Después de aquello su Prezi vital le mostró una elíptica de diez años buceando cada vez más profundo entre fórmulas y partículas. Tratando de confirmar la hipótesis que aquel hiperbólico despegue le había inspirado.

Volvió a observar la pantalla, sonriendo.

Era capaz de leer la parpadeante cobertura de unos y ceros como si fuera su lengua materna. Tras el horizonte subatómico no había nuevos espacios, ni innumerables nuevas partículas sin catalogar.

Al atisbar entre los más pequeños elementos de la materia, ante sus ojos se extendía en la pantalla un más allá idéntico a aquel entorno familiar que ella tantas veces le había mostrado en sus libros de astronomía.

En una curiosa paradoja que solo su corazón entendía, desde su posición privilegiada recorrió con la vista la sucesión de galaxias en el monitor hasta llegar a una parte muy concreta de la periferia conocida. Acababa de empezar a cumplir su sueño. El de verdad. El de hacía diez años.

Acariciando aquel punto de  la pantalla con un dedo, musitó:

"Hola, Alicia"

Alquiler con descuento


(Para @divagacionistas, bajo el tema "Silencio")

"¿Otra vez, Almudena? ¿De verdad?"

La mujer se encogió de hombros mostrando las palmas en silencioso gesto de culpabilidad infantil. Del interior de su casa salía flotando el sonido granulado de Lois Johnson en un viejo tocadiscos y ella, en lugar de responder, tarareó aquella vieja balada.

"Yes, I've got heartaches by the number
A love that I can't win"

Valentín, incómodo, miró disimuladamente al otro lado del rellano, al 3ºA. Podía sentir observando por la mirilla a la vecina que les había telefoneado.

"La música está muy alta" dijo en tono dos octavas por encima de lo necesario. Vio diversión en los ojos de ella y no le pasó por alto lo irónico de buscar el silencio elevando la voz.

"Everyday you love me less
Each day I love you more"

Intentó calmar sus nervios frotando inconscientemente la placa en la pechera del uniforme de policía.

"Señora" Se obligó a bajar la mano y adoptar una postura más formal "Necesito que la baje... s". Y añadió con sus labios un mudo por favooor que pareció divertir aún más a la mujer.

"El silencio está sobrevalorado, Valentín" dijo ella, sin dejar claro a su interlocutor si se refería al tocadiscos o a su súplica.

Ambos dejaron pasar unos eternos microsegundos de incómodo y sobrevalorado silencio.

"Pero si tanto crees que molesta a... algún vecino" dijo señalando con un mohín la puerta detrás de Vicente "...me comportaré".


"Gracias" dijo todavía con la sensación de no estar controlando la situación "Además, mi turno acabó hace diez minutos. Podrías tener la decencia de no montar constantemente estos jaleos justo a las ocho menos cinco."

"¿Y no te has preguntado nunca el motivo?" susurró lascivamente ella agarrándole por el pecho y atrayéndolo hacia sus labios.

La puerta del 3ºB se cerró con apasionado estruendo. Cuando acabó su resonar por toda la escalera, solo quedó la voz de Lois Johnson.

"Yes, I've got heartaches by the number
A love that I can't win"

Una perfecta banda sonora para el victorioso pulgar alzado que, justo antes de cerrarse la puerta, Almudena dedicó en secreto a la mirilla de su alquilada al otro lado del rellano.