martes

¡Solo me mandan hacer cosas aburridas!

Este es un acto de enmienda.

Hace ya unos añitos, durante una sesión de formación a personas que buscaban cambiar de trabajo, una de ellas me preguntó qué hacer cuando tu jefe te manda de continuo tareas rutinarias y aburridas.

En aquel tiempo de juventud e inexperiencia (poco a poco voy perdiendo la segunda y ganando de la primera) yo le respondí con un alegato a la necesidad de autorrealizarse, la pirámide de Maslow y otros tópicos que, si bien eran ciertos, se resumían en "sal de ese puesto de inmediato".

Hoy creo que esa respuesta era pasional, pero no meditada, y por ello quiero aprovechar para responder hoy con más cabeza

Normalmente realizar de continuo tareas que percibimos como monótonas nos lleva a emociones negativas (aburrimiento, pereza, bajo nivel de energía, lentitud...) y, cuando la cosa se vuelve contínua, nuestro cerebro toma la opción de rebelarse (esto no es para lo que he estudiado, valgo mucho más que esto...) o, si el tema no se soluciona por mucho que lo intentes, la frustración se transforma en aceptación (no puedo llegar a ser nada más) y en una vida infeliz garantizada.

Te propongo aquí varias opciones que he aprendido de alguien con quien tuve la suerte de trabajar tres años y que creo que, además de ser psicológicamente más sanas, ponen el control de la situación en tus manos:

Dar sentido a la tarea: No, no hablo de grandes sentidos metafísicos, sino de algo mucho más sencillo. Sentido para tu cliente y para tí mismo. Esta persona transformó su principal tarea (control de errores en listas financieras) en un juego de buscar errores. Contaba el número de errores detectados y de quién provenía el informe, y al que menos y más errores cometía les dejaba sobre su mesa, respectivamente, una naranja o un limón.

A los dos días (para que la persona investigase y creciese su duda sobre la aparición de aquel elemento extraño en su mesa) les enviaba un simpático correo explicando los motivos del mismo. Nunca recibió una queja sobre el tema (y llegó a poner un limón al asistente de un Director de Área de cierto nivel) y el número de errores en los informes disminuyó (A los que seguían cometiendo errores se les empezó a llamar el grupo limón, pero eso es otra historia...)

Además, él mismo buscó formas de reducir la monotonía de su trabajo: Pidió a comunicación interna posibilidad de poner noticias en la intranet sobre los errores más comunes y técnicas para controlar y cuadrar los informes (que al poco se convirtió en un blog donde la gente participaba con sus propios trucos) y, lentamente, su imagen profesional se vió ampliamente potenciada.

Se transformó de alguien que buscaba errores en alguien que hacía que los demás cometiesen menos errores. Logró divertirse y dar sentido a su trabajo.

Aprendí de esta persona que el cambio rara vez surge de fuera. Hay que buscarlo dentro.

Sigo manteniendo que la separación de las partes (marcharte del curro o pedir un cambio de puesto) es una solución, pero no creo que deba ser la primera opción sino la última, porque en mi opinión nuestra conducta nunca debe ser reacción a emociones negativas (en este caso, al aburrimiento o la indignación de no sentirnos reconocidos).

También pienso que los buenos líderes son quienes facilitan a sus equipos esta óptica sobre sus puestos y dar sentido a lo que hacen: Con tu trabajo, ¿Qué haces por otros?

Querido antiguo alumno, si por casualidad lees esto a través de la red, creo que esta respuesta es más meditada que la que te dí en el momento. Creo. Veremos de aquí a unos años...