Leacadio dobla la esquina de la hoja. Cuida que el otro extremo toque el tercio derecho y repite la operación con el otro lado. Manipula la zona en punta asegurándose que será aerodinámica, pasando el índice por el borde.
En la azotea del
edificio las noches frías de invierno dejan los dedos fríos pero prefiere
llevar mitones en lugar de guantes para encontrar fácilmente cualquier
rugosidad. el frío seca antes la tinta de las hojas y no se corre al plegar.
Dobla y redobla. Revisa de cerca cada pliegue del folio. Estira el brazo para
inspeccionar mejor su trabajo, guiñando los ojos.
Sonríe ante la
simetría y armonía de las letras escritas en el papel al mezclarse con las
formas del avión. Lo deja en la mesa de camping, bien alineado junto a los
otros tres. Da dos pasos de baile frente a ellos haciendo volar las faldas de
su vieja gabardina y hace una reverencia con su sombrero. Con los brazos en
jarras a ambos lados de su enorme barriga echa vaho por la boca y recupera el
aliento mientras contempla las pequeñas diferencias en cada una de sus
creaciones. El alerón de aquel, la punta de ese otro, la forma de las alas del
más alejado. Tienen buena pinta. Siente que hoy será el día. Tal vez.
Toma entre el pulgar y
el índice el primero de los aviones. Bailotea entre humeantes chimeneas, rodea
la mesa con las velas y la cena para dos y se agacha bajo arcos de tuberías
hasta acercarse al borde norte. Con un sonido de despegue lo lanza hacia las ventanas
del edificio de enfrente, lo observa hacer una pirueta, descender hacia los
faros de los coches, las calles apelotonadas de desconocidos comprando, las farolas
y las luces de navidad rojas, verdes y azules.
Así, tres veces más.
Cada una por un extremo de la azotea. Cuatro aviones, cuatro piruetas, cuatro invitaciones,
cada una ligeramente diferente a la otra.
Leacadio, como cada sábado,
se sienta a la mesita redonda preparada para dos. Calienta sus dedos desnudos
agitándolos ante las velas sin dejar de sonreír, sin dejar de echar vaho
mientras hileras de pequeñas bombillas sobrevuelan la escena enredadas en
tuberías, reflejando su luz amarilla en los cubiertos y en la campana metálica
que mantiene caliente el pollo asado.
Y mira a la única
puerta que sube a la azotea, esperando.
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