martes

¡Quiero que me quieras!


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Me fascina la capacidad de adaptación al entorno que tenemos. Cuando algo importante para nosotros está en juego (por ejemplo, un puesto de trabajo) y creemos que puede depender de la(s) persona(s) que tenemos enfrente... ¡Ping! Salta el chip de la deseabilidad social: sonreimos, mimetizamos conductas del otro (¡hasta el extremo del video de ayer!), asentimos con la cabeza y estamos mucho más predispuestos y focalizados en quién nos habla.

El objetivo: Transmitir que somos buenos, bonitos, aceptables.

Lo mejor es que el chip salta en base a las percepciones que nosotros tenemos, casi nunca a la realidad (Al fin y al cabo la realidad es en un porcentaje muy alto una construcción mental, ya lo dicen los construccionistas).

Por tanto, si tenemos tendencia a ver las cosas de colores grises o negros es probable que a medio largo plazo acabemos leyendo en los demás conductas de rechazo hacia nosotros y se nos disparen nuestras propias conductas de ataque / defensa (a elegir, según gustos).

La deseabilidad social no es buena ni mala, pero debemos ser conscientes del grado en que afecta a nuestras respuestas inmediatas (especialmente ante situaciones estresantes) para que no nos jueguen una mala pasada.

¡No será la primera vez que digo que sí a algo movido más por la deseabilidad social que por una respuesta razonada!

Video: Monthy Pithon

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